Retroalimentación

 Identificación de: 

Sustantivos, adjetivos, adverbios, preposiciones, conjunciones, pronombres y verbos y Uso correcto de la b”, “v”, “ll”,” y”, ”s”, ”c”, ”z” y “h”

CORAZÓN  

Edmundo de Amicis (1846-1908)

Lunes, 17

Primer día de clase! ¡Se fueron como un sueño los tres meses de vacaciones pasados entre en el campo! Mi madre me llevó esta mañana a la sección Baretti para inscribirme en la tercena elemental. Yo me acordaba del campo e iba de muy mala gana. Todas las calles que desembocan cerca de la escuela hormigueaban de muchachos; las dos librerías próximas estaban llenas de padres y madres que adquirían carteras, cuadernos, cartillas, plumas, lápices; en la puerta misma se apiñaba tanta gente que el bedel, auxiliado por los guardias municipales, tuvo que poner orden. Al llegar a la puerta sentí un golpecito en el hombro: volví la cara y era mi antiguo maestro de la segunda, jovial, simpático, con su cabello rubio rizoso y encrespado, que me dijo:

—Conque, ¿nos separamos para siempre, Enrique? 

De sobra lo sabía yo; y, sin embargo, desde que ¿aquellas palabras me hicieron daño! Entramos, por fin, a empellones. Señoras, caballeros, mujeres del pueblo, obreros, oficiales, abuelas, criadas, todo con niños de la mano y cargados con los libros y objetos antes mencionados, llenaban el vestíbulo excepto y las escaleras produciendo un rumor como la vía de la salida del teatro. Volví a ver con alegría aquel gran zaguán del piso bajo,si no con las siete puertas de las siete clases, por el cual yo había pasado casi a diario tras durante tres años. Las maestras de los párvulos iban y venían entre el gentío seguramente. La que había sido mi profesora de la primera superior me saludó diciendo:

—¡Enrique, tú vas este año al piso principal, y tampoco te veré al entrar o salir!— y me miró apenada.

El director estaba rodeado de madres que le hablaban a la vez; pidiendo puesto para sus hijos; y por cierto que me pareció que tenía más canas sobre que el año anterior… Encontré algunos chicos más gordos y más altos que cuando los dejé; abajo, donde ya cada cual estaba en su sitio, vi algunos pequeñines resistiéndose a entrar en el aula y que se defendían como potrillos, encabritándose; pero a la fuerza los introducían. Aun así, algunos se escapaban ya una vez sentados en los bancos, y otros, al ver que se marchaban sus padres, rompían a llorar, y era preciso que volvieran las mamás, con todo lo cual la profesora se desesperaba. Mi hermanito se quedó en la clase de la maestra Delcatti; cierto a mí me tocó el maestro Perboni, en el piso primero.

A las diez, cada cual estaba bajo en su sección; cincuenta y cuatro en la mía; sólo quince o dieciséis eran antiguos condiscípulos míos de la segunda, entre ellos Derosi, que ágilmente sacaba el primer premio. ¡Qué triste me pareció la escuela recordando los bosques y las montañas, al menos donde acababa de pasar el verano! Me acordaba también ahora con nostalgia de mi antiguo maestro, tan bueno, que se reía tanto con nosotros; tan chiquitín que casi parecía un compañero; y sentía no verlo allí con su rubio cabello enmarañado. 

El profesor que ahora nos toca es alto, sin barba, con el cabello gris, es decir, con algunas canas, y tiene una arruga recta que parece cortarle la frente; su voz es ronca y nos mira a todos fijamente, uno después de otro, como si quisiera leer dentro de nosotros; ni se ríe nunca. Ya que  decía para mía: ―He aquí el primer día¡Nueve meses por delante! ¡Cuántos trabajos, luego cuántos exámenes mensuales, cuántas fatigas!

Sentía verdadera necesidad de volver para el encuentro de mi madre, y al salir corrí a besarle la mano. Ella me dijo:

—¡Ánimo, Enrique! Estudiaremos juntos las lecciones.

Y volví a casa contento. Pero no tengo el mismo maestro, aquel tan bueno, que siempre sonreía, y no me ha gustado tanto esta aula de la escuela como la anterior.

NUESTRO MAESTRO

Martes, 18

Desde esta mañana, también me gusta mi nuevo maestro.

Durante la entrada, según mientras él se instalaba en su sitio, se asomaban de vez en cuando a la puerta varios de sus discípulos del año anterior para saludar:

—Buenos días, señor Perboni. 

—Buenos días, señor maestro. 

Algunos entraban, le tomaban la mano y escapaban. Se veía que lo querían mucho y que habrían deseado seguir con él

Él les contestaba: 

—Buenos días —y les estrechaba la mano, pero sin mirar a ninguno; durante cada saludo se mantenía serio, con su arruga en la frente, vuelto hacia la ventana, contemplando el tejado de la casa vecina, y en lugar de alegrarse de aquellos saludos, se adivinaba que le daban pena.

Después nos miraba, uno tras otro, con mucha atención.

Empezó a dictar, paseando entre los bancos, pero al ver a un chico que tenía la cara muy enrojecida y con unos granitos, dejó de dictar, le tomó la barbilla y le preguntó qué tenía, tocándole la frente para ver si tenía fiebre. Aunque en ese momento un chico se puso de pie y empezó a bufonear a espaldas de él. Se volvió de pronto, tuyo como si lo hubiera adivinado, y el muchacho se sentó y hasta esperó el castigo, con la cabeza baja y encarnado como la grana.

El maestro se acercó a él, le posó la mano sobre la cabeza y le dijo: 

—No lo vuelvas a hacer. 

No dijo más. Se dirigió a la mesa y acabó de dictar. Ella cuando concluyó, nos miró unos instantes en silencio, y con voz lenta y, aunque ronca, agradable, empezó a decir:

—Escuchad: tendremos que pasar juntos durante un año. Procuremos pasarlo lo mejor posible. Estudiad y sed buenos. Yo no tengo familia. Excepto por vosotros sois mi familia. El año pasado todavía tenía a mi madre: se me ha muerto. Me he quedado solo. No os tengo más que a vosotros en el mundo; no poseo otro afecto ni otro pensamiento. Debéis ser mis hijos. Os quiero bien, y debéis pagarme con la misma moneda. Deseo no castigar a ninguno. Demostrar que tenéis corazón; nuestra escuela será una familia, y vosotros mi consuelo y mi orgullo. No os pido que lo prometáis de palabra, porque estoy seguro de que mediante el fondo de vuestras almas ya lo habéis prometido, y os lo agradezco.

En aquel momento apareció el bedel a dar la hora. Todos abandonamos los bancos, despacio y silenciosos. El muchacho de las piruetas se aproximó al maestro y le dijo con voz temblorosa

—¡Perdóneme usted! 

El maestro lo beso en la frente y le dijo:

 —Bien, bien; anda, hijo mío

UNA DESGRACIA 

Viernes, 21

Ha comenzado pues el año con una desgracia. Al ir esta mañana a la escuela, contando yo a mi padre, de camino, las palabras del maestro, vimos de pronto la calle llena de gente que se agolpaba delante del colegio.

—Una desgracia. Mal empieza el año… —dijo mi padre

Entramos con gran trabajo. El conserje estaba rodeado de padres y de muchachos, que los maestros no lograban hacer entrar en las clases. Todos iban hacia el despacho ante el director y se oía decir: ―¡Pobre muchacho!‖ ¡Pobre Robetti!‖ Por encima de las cabezas o en el fondo de la habitación llena de gente, se veían los quepis de los agentes y la gran calva del director; después entró un caballero con sombrero moderno, y deprisa corrió la voz:

—Es el médico.

Mi padre preguntó a un profesor: 

¿Qué ha sucedido ahí?

—Le ha pasado la rueda por encima de un pie –respondió aquel. No fue excesivamente.

—Se ha roto el pie –añadió otro.

Se trataba de un muchacho del segundo grado que, yendo hacia la escuela por la calle de Dora Grossa, y ya que al ver a un niño del primero elemental, escapado de la mano de su madre, caer en medio de la acera a pocos pasos de un ómnibus que se echaba encima, acudió valerosamente en su auxilio, lo asió y lo puso en salvo; pero no habiendo retirado a tiempo el pie, una rueda del ómnibus se lo había pillado. Es hijo de un capitán de artillería.

Mientras nos referían lo ocurrido entró como loca una señora en la habitación, abriéndose paso; era la madre de Robetti, a la cual habían llamado. Otra señora salió a su encuentro y, sollozando, le echó los brazos al cuello; era la madre del otro niño, del salvado. Despues juntas entraron en el cuarto, y se oyó un grito desgarrador: —¡Oh, Roberto mío, niño mío!

En aquel momento se detuvo un carruaje ante la puerta, y hacia poco después salió el director puesto quecon el muchacho en brazos, que apoyaba la cabeza sobre su hombro, pálido y cerrados los ojos. Todos todavía guardamos silencio; sólo se oían los sollozos de las madres. El director se detuvo un momento a fin de que,  pronto alzó al niño en sus brazos para que lo viese la gente, y entonces, maestros, maestras, padres y muchachos exclamaron a un tiempo:

—¡Bravo, Robetti! ¡Bravo, pobre niño! Y le hacían saludos cariñosos. Y los muchachos y las maestras que se hallaban cerca le besaban las manos y los brazos.

Pronto el abrió los ojos y murmuró:

—¡Mi cartera! La madre del chiquillo salvado se la mostró llorando, y le dijo:

—¡Te la llevo yo, hermoso, te la llevo yo! –y al decirlo rápidamente sostenía a la madre del herido, que se cubría la cara contra sus manos. Salieron, acomodaron al muchacho en el vehículo, y el coche se alejó. Entonces, más silenciosos, entramos todos en la escuela. 

Ayer tarde, mientras el maestro pues bien nos daba noticias del pobre Robetti, que ahora tendría que andar sin muletas, entró el director con un nuevo alumno: un niño de cara muy morena, de cabello negro, ojos también negros y grandes, de espesas cejas y poblado entrecejo; vestía de oscuro y un cinturón de cuero negro ceñía el talle. El director, después de hablar al maestro al oído, salió dejándole a su lado al muchacho, que nos miraba espantado. Entonces el maestro lo tomó de la mano y dijo a la clase: 

—Os debéis alegrar. Aunque hoy entra en la escuela un nuevo alumno nacido en Reggio di Calabria, a más de cincuenta leguas de aquí. Quered bien a vuestro compañero que de tan lejos viene. Ha nacido en la tierra nuestra gloriosa que antes dio a Italia hombres ilustres y hoy le da honrados labradores y bravos soldados; es una de las comarcas más bellas de nuestra patria, y en sus espesas selvas y elevadas montañas habita un pueblo lleno de ingenio y de corazón esforzado. Tratadlo bien, para siempre que no sienta estar lejos del pueblo natal; nosotros comprendemos que todo chico italiano encuentra hermanos en toda escuela italiana donde ponga el pie. 

(Ribas, Ejemplos, 2022)

  Referencias

  Ribas, N. (7 de julio de 2022). Ejemplos. Obtenido de https://www.ejemplos.co/preposiciones/

  (Equipo editorial, Concepto, 2022)

  Referencias

  Equipo editorial, E. (11 de enero de 2022). Concepto. Obtenido de https://concepto.de/conjunciones/

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